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CARTAS A CASANDRA III

Cartas desde mi infierno (3)

[i]“El pene siempre ha sido un objeto de veneración.”, El Culto Fálico, Internet.[/i]

Todo comenzó de manera lenta, sin un inicio perceptible ni siquiera por mi mismo. Y fue a través de Internet, cuando yo ya tenía unos 50 años. Como masturbador vicioso siempre me atrajo la pornografía, cuando muy joven comencé a masturbarme todos los días, me calentaba mirando revistas con mujeres desnudas o leyendo libros porno como La Princesa Rusa o Memorias de una Pulga. Recuerdo que una vez me prestaron una colección de fotos pornográficas en blanco y negro, imágenes de un prostíbulo, eran fotos de prostitutas muy reales, no bonitas sino vulgares, con antifaces, macizas, con senos muy grandes y oscuros pezones, esas imágenes aun las guardo en mi memoria y aun me excita su recuerdo. Pues bien, Internet esta plagado de pornografía de todo tipo y gusto. Y yo disfrutaba de todo eso en mis sesiones mañaneras de masturbación solitaria. Pero solo veía parejas teniendo sexo o algunas pocas veces mujeres, siempre maduras, desnudas en poses muy provocativas o masturbándose. Hasta que un día me di cuenta que me gustaba también ver vergas, erectas o en descanso, me atraía y excitaba mucho verlas, de hecho siempre prefería fotos o películas pornográficas en que se vieran bien los falos, en que se viera al hombre como se masturbaba, o se paseaba con el mimbro erecto. Nunca me había gustado mucho ver solo a las mujeres desnudas, casi no me excitaban, pero si había penes sí, en especial cuando el hombre se masturbaba. Temeroso de esa pequeña obsesión me autoanalicé y me di cuenta que no era una atracción homosexual, porque no sentía ganas de que esas vergas me penetrarán, tal vez tocarlas, pero nada más, era como un deseo perverso de ver algo que no debiera, prohibido, porque se supone que un hombre normal no mira vergas de otros machos. Ese voyerismo fálico lo podía satisfacer bastante bien por Internet, tenía y tengo toda una colección de vergas de mi gusto, mas bien chiquitas, gruesas, con forrito largo y a medio erectar o fláccidas, y más de alguna vez me atreví a mirar de reojo en los urinarios al hombre que orina a mi lado, en un cine o en la oficina, pero esto me daba mucho temor pues si se daban cuenta pensarían que era gay, y no es así. Por eso dejé hacer esa locura y me limité solo a ver vergas por Internet. Entonces comencé un nuevo e inquietante juego virtual.
Tu Vizconde, en confesión.