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El bodegón de cristales parlanchines

Posaban la botella de vino, de vinagre, de aceite de oliva y un florero alargado. Se preparaban para ser inmortalizados por el solitario y poco amigable pintor Sergio Altamirano. Había colocado un fondo blanco. La luz que pasaba por una ventana le daba la sombra a los cristales. Hacía gestos con la mano, enmarcando los ángulos, y colocando los cristales de manera que se vieran perdidos en el espacio. La botella de vino empujaba a la de vinagre, ella quería ser la protagonista de la pintura, mientras la de aceite de oliva miraba su cuerpo cuadrado, y el florero con la vista más alta, cerraba sus ojos y hacía gestos de rico.

Todos eran artículos comprados en rebaja, solo para modelar, ninguno era usado en casa. Sergio les decía –quietas- mientras ellas peleaban por un mejor lugar para salir más bellas en la pintura. Siguieron hablando y empujándose, y de repente un grito –Que se queden quieta les dije-. La botella de vinagre se orinó del miedo, y empapó la manta blanca, que ahora era roja.

Sergio comenzó con las primeras pinceladas, ninguna reclamó durante unos minutos. Sin embargo, la botella de vino estaba a punto de llorar porque la habían colocado detrás de la botella de vinagre. Así que de un empujón la botella de vinagre se quebró en cientos de pedazos. Sergio aún no había pintado la escena, no se enojó con la botella de vino, le pareció un buen aporte y la felicitó.

Ahora la pintura de fondo blanco, con manchas rojas, una botella quebrada, y una ventana que iluminaba y exaltaba a lo lejos un verde prado, era la creación de Sergio, el pintor solitario y poco amigable. La pintura expresaba los movimientos bruscos de una botella molesta y vanidosa, y en el borde de la mesa donde posaban los demás cristales, se veía el momento en que la botella de vinagre se golpeaba el cuerpo quebrándose en cientos de pedazos que caían al piso.

La macabra escena mostraba la expresión del florero burgués que se burlaba como una hiena de la desgracia de la botella de vinagre. La botella de aceite de oliva continuó posando elegantemente, aunque un poco avergonzada de su figura nada femenina, cuadrada por todos los ángulos.

Sergio vio el desastre que habían dejado sus cristales modelos, las dejó abandonadas en su taller, tomó la pintura y la exhibió en una galería. No la había nombrado porque no entendía lo que había pintado, un anciano se acercó y se carcajeó al ver las botellas, le preguntó a Sergio como la nombraría, y él dijo que no sabía porque eso lo había soñado y al momento de pintar recordó el sueño y plasmó la escena de un solo tirón, sin correcciones y rellenos. El anciano le pareció que las botellas hablaban y discutían, y Sergio le dijo que así fue en su sueño, entonces entre los dos la nombraron “Cristales parlanchines”.

Me parece un buen cuento absurdo, interesante. me gustó. Te felicito.

DARIANO: me encantó!!! Ese género fantástico que remeda a una ensoñación, me atrajo tanto que veía a las botellas como si fuesen personas, empujándose y queriendo ser las protagonistas. Te felicito. Una idea muy original. Perfecta.