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El cardenal

[b]EL CARDENAL.[/b]
Digamos que don José “pepe” Martínez era un hombre solitario. Ya ahondando sus 43 años, sin una familia que lo acompañase, dejo su empleo y se refugió en la tranquilidad del campo. Había logrado, gracias al trabajo que lo mantuvo ocupado sus últimos 20 años, suficiente dinero para el resto de su vida. No era un hombre con grandes metas. José desde su niñez había querido pasar sus últimos años en la campaña. Compró un rancho deteriorado que se encontraba a unos 80 kilómetros de la ciudad y lo fue refaccionando a su antojo. Se despertaba todos los días a las 5:00. Tomaba unos amargos y fumaba tabaco mientras observaba la salida del sol. El resto de la mañana se la pasaba en los cuidados de su amado huerto. José cultivaba todo lo que necesitaba para vivir. Después de almorzar se tomaba su siesta infaltable. Despertaba por las tardes, tiempo que se tomaba para pasear por los campos mientras fumaba, tomaba mate y contemplaba con suma atención los hábitos de la fauna. Escuchar el canto de los pájaros. Eso era lo que más le apasionaba. Todo el día pasaba oyendo a las aves, distinguiendo el cantar de cada especie. Especialmente a eso le había dedicado mucho tiempo. Él distinguía todos y cada uno de los cantos de los pájaros que rondaban su morada. Pero solo había un canto que le obligaba a cancelar cualquier cosa que estaba haciendo para escucharlo plenamente. Era el canto del Cardenal. Este animal, de copete colorado, pecho blanco y dorso negro, había despertado en José una afición sin igual. Él admiraba todas las mañanas como se posaban en los alambrados, los árboles, el techo de su rancho, incluso, en ciertas ocasiones, como merodeaban su casa en busca de alimento.
Un día José advirtió algo que le llamo la atención por completo. Vio que en la puerta de su rancho se hallaba un cardenal de copete marrón rojizo- esto se debía a la temprana edad del ave- éste pobre animal carecía de una pierna. La situación lo conmovió por completo, se dijo a si mismo que no permitiría que el animal muera. La llevo a su rancho donde le dio de beber y comer. El animal se movía por el suelo con ayuda de sus alas, como era de suponerse. Al pasar los días el ave sobrevivió, pero había algo extraño en ella. Su copete, que debería volverse de color rojo, se estaba tiñendo de un tono grisáceo, lentamente. José no entendía de animales, creyó que eso se debía a que era algún otro tipo de cardenal. No le dio mucha importancia. Pero fue a los pocos días de notar ese cambio que observo al ave comiendo pequeños restos de carne, que él había dejado para los lagartos que merodeaban por ahí. Ese hecho lo descoloco. Asombrado probo darle más. Efectivamente, el pájaro devoraba la carne como si fuese un ave de rapiña. Estaba confundido.
Una noche, mientras dormía, fue despertado por un dolor en su dedo índice. Al despertar se dio cuenta de que estaba sangrando. No le dolía mucho, pero sangraba de forma exagerada. Curioso por saber el motivo de la herida observo debajo de su cama. Allí estaba el cardenal, con su pico manchado de sangre y su pecho blanco como la nieva teñido de rojo sangre. El hombre se asusto. Dejo de lado su profunda afición a las aves y decidió dejarlo a afuera. Al otro día no encontró al ave por ningún lado. Seguramente había sido devorado por algún zorro o gato de monte, debido a que le faltaba la pata y no sabía volar. Prosiguió, con un aire de tristeza, en sus tareas diarias. Cuido sus plantas por la mañana y sesteo por la tarde. Al levantarse noto que su dedo sangraba nuevamente. Durmiendo se había abierto la herida otra vez, provocándole el sangrado. Se coloco en el dedo un pedazo de tela y después de cenar se fue a la cama. A la mañana siguiente entro en un profundo desespero. Era otro dedo el que sangraba ahora. No encontraba explicación alguna. Igual no le dio mucha importancia, después de vendarse el dedo y seguir con las tareas, sus preocupaciones se esfumaron. Hasta que se despertó de la siesta. Era otro dedo el que sangraba ahora. José estaba muy nervioso. No dejaba de pensar en lo que le había ocurrido y la imagen del cardenal con el pico ensangrentado venia a su mente a cada instante. Llegada la noche temía
quedarse dormido. Se quedo sentado en su cama. Al llegar el día, mientras tomaba mate, llego a la conclusión de que era algún ratón. Puso trampas y veneno por toda la casa. Igual no conseguía conciliar el sueño. Pasaron unos días y José volvió a dormir como antes. Al despertar noto que los incidentes anteriores habían cesado. Las trampas funcionaron. Fue una por una a revisarlas. Sorprendentemente, la trampa que estaba bajo su cama capturó al responsable. Estaba allí sin vida, atrapado por ésta, con una mirada desafiante, su querido cardenal de copete gris.
[b]FIN.[/b]

Hola Tobin. Tu tema está bastante bien elaborado y muy original.Solo diferimos en algunas cosillas, que a la hora de escoger personajes, hay que pensar.Una es, que debes cambiar el pajarito, porque los cardenales no comen carne, ni siquiera en la fantasía.Además, son pájaros de copete rojo, capa negra y pecho también rojo.Es posible que en tu país haya otra especie que tenga el copete marrón rojizo y el pecho gris.Si es así, no te he dicho nada.Creo que pudiste usar como ave, un pequeño gavilan pollero, que si se adapta al narrativo de tu cuento.Otra cosa, por mucho sueño que tenga una persona, para que le escarnen un dedo y lo dejen sangrante, debió recibir muchos picotazos, que lo despertarían de inmediato. Toma en cuenta esos detallitos y puedes arreglar tu historia.Además, puedes agregar en la descripción del personaje, que se había quedado sin sensacines en sus manos, después de alguna enfermedad nerviosa.Asi, podrás ustificar que no se despertara frente al impacto de los picotazos.
Ah, y si todo estaba cerrado, como volvió a entrar el pájaro?..,Bueno, algunos detallitos que te sugiero tomes en cuenta.Saludos y recuerda, escribe algunos temas cortas.Obtendrás más fluidez en tus relatos largos, que harás a posteriori.Saludos:AMAR.