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El perímetro del diablo

Eran las cinco de la tarde. Los demonios aun dormían. Los niños corrían despavoridos por las leyendas de espantos. No había lugar para bares. El alcalde clausuró la venta de licor y cigarro. Las señoras preparaban tamales para la cena. Algunos de los mineros regresaban a sus hogares. Otros quedaban bajo las rocas sin ningún remordimiento de volver a vivir. Hacía tiempo que alguien visitara este pueblo olvidado. Apenas existía como un puntito en el mapa y solamente porque estaba cerca de un rio que fue explotado por sus pepitas de oro en los años cincuenta. La mayoría de los habitantes eran descendientes de esclavos, brujas, ladrones, asesinos y toda la escoria posible en el mundo. No tenían iglesias. Ni restaurantes. Ni cines. De lo único que podían entretenerse era del cementerio que a diario reclamaba las almas de los que no pagaban impuestos. Era divertido. Claro que lo era.

Los que salían de los sepulcros, vestían uniformes de siglos pasados. Tenían un poco de carne en su rostro. Desde poca distancia se sentía la peste de sus cuerpos. En las manos llevaban un papiro antiguo. Se envolvía de tan enorme. Al abrirse, media 10 metros. En este se encontraba la lista de los habitantes. Vivos y muertos. Tenía detalladamente a los ancestros de cada familia. Sus deudas, maldiciones y los oficios que eran heredados a cada miembro. Esto remontaba de hace 300 años. Los colonos que descubrieron el rio, trasladaron toda la abominación humana para que trabajara a muerte buscando oro. Entre tanto, muchos de ellos se asentaron en las planicies. No tenían que comer. Las mujeres se prostituían. Sus hijos robaban. Y sus nietos pactaban con Satanás para tomar venganza contra los colonizadores.

Tras varias generaciones, sus rituales mejoraron. Algunos peregrinos de otras regiones trataron de evangelizarlos, sus esfuerzos fueron en vano. Fueron víctimas de sus brutalidades. Les robaron sus pertenencias, violaron a sus mujeres, colgaron a los niños y al pastor lo llevaron a la hoguera. Producto de esas violaciones, nacieron iluminados. Estudiaron el significado de la vida y a partir de ahí introdujeron leyes que mejorarían la comunidad. Dentro de la villa se dispersaron varias tribus. Algunos aceptaron las normas, y otros las odiaron.

Las brujas fueron a vivir a los bosques. Y una de ellas, Heleen Diuvel, nombrada así por su madre, una bruja holandesa que murió en los barcos colonizadores. Fue al cementerio que estaba en el centro de la comarca, y pactó con Satanás, entregó su alma y la de varios niños que llevo como ofrenda, a cambio de la resurrección temporánea de sus ancestros para formar un ejército y atacar las comarcas de los colonizadores.

Se hizo el pacto, con la condición de que cada año, desde el mausoleo de las prostitutas británicas, unos oficiales saldrían a cobrar un impuesto, y obligaría a saldar las deudas de familiares en conflicto con otras, tampoco saldrían del perímetro marcado: desde el bosque al norte, el rio al oeste, el árbol muerto al este, y la casa del viejo minero al sur. Cualquier falta, seria anotada en el papiro ancestral, el alma de la persona cobrada y sus familiares pagarían con un niño de la cuarta generación.

El impuesto consistía en un niño por año, sería elegido por una genealogía enumerada. Nadie tendría el control de la lista. Ni el propio Satanás podría manipularla. Muchos de los prisioneros, asesinos, violadores, piratas y demás aberraciones, estuvieron presentes en el acto.
Ese mismo día, a las tres de la madrugada, la tierra tembló. Y empezaron a salir los miles de cadáveres putrefactos, estaban tibios, sus miembros firmes le permitían movilizarse. La bruja montada en su escoba los dirigió a las comarcas vecinas para tomar venganza por sus ancestros esclavizados y condenados a la miseria.

Cuando llegaron, los colonos dormían, nunca se imaginaron lo que les sucedería. Se escuchaban los gritos de la bruja, alentando a los muertos para hacer lo que a ellos le hicieron. Se metieron por las ventanas, violentando todo a su paso. Tomaron a las vírgenes, a las esposas y esposos, familias enteras, degolladas, ahogadas y todas las atrocidades del infierno les fueron hechas a los colonos. Al final reunieron a los sobrevivientes para empujarles en el acantilado.
Siglos después, nada había cambiado, las mismas tradiciones, vestimentas, estaban malditos eternamente. Algunos enloquecidos, faltaron al pacto, sus familias pagaron el precio con un hijo de la cuarta generación. Centenares de niños habían sido sacrificados. Faltaban algunas décadas para celebrar quincuagenario del día del pacto. Un niño en especial seria el afortunado, o el desafortunado.

En la escuela se enseñaba piratería y brujería. No había universidades. Un niño en particular, decidió que viajaría más allá del bosque. Era observador, explorador, científico nato. Experimentaba con las plantas, construía artefactos, y registraba sus avances. Creció con sus primos, tíos y hermanos. Todos asesinos, ladrones, y aspirantes a las más bellas artes demoniacas. Se distanciaba de los demás, olía las flores, meditaba acerca de la belleza de la muerte y en ella encontraba belleza. Era la esperanza para este lugar maldito. Una joven, Amanda Rotten, lo espiaba todas las tardes, no sabía porque, pero encontraba atractivo al escuálido de Charles. Un día debajo de un árbol mientras hacia unas anotaciones del vuelo de la abeja, escuchó el crujido de unas hojas, disimuló y continuó escribiendo, sabía que era Amanda, pero quería tomarla por sorpresa. Se levantó, y se dirigió a al campo de flores marchitas, a paso lento, Amanda lo siguió. Lo perdió de vista, y sintió una mano en su espalda. Se dio la vuelta y suspiró:

-¡¿Qué haces aquí?¡- dijo Amanda simulando que estaba tomando algunas flores.

-Llevas mucho tiempo siguiéndome, ¿se puede saber por qué?- dijo Charles

-No te estaba siguiendo, simplemente, vine en busca de un cuervo para la cena- dijo ella

-Pues parece que todos los días apeteces de cuervo, ¿Cómo te gusta, asado o en caldo?- dijo él

-No es de tu incumbencia, vete antes de que los mineros vengan- dijo ella

-No les temo, son un montón de brutos-

-Son mis tíos, no los ofendas-

-¿Cómo es posible que una muchacha como vos pertenezca a una familia tan repugnante?-

-¿A qué te refieres a una muchacha como yo?-

Si, su ropa era fúnebre, su rostro pálido, su cabello rubio estaba sucio, pero aun así su cuerpo era esplendido, y comprendía las palabras del intelectual Charles, quien disfrutaba de su compañía, no había otra persona como ella en toda la villa, pareciera que eran de otro mundo. Continuaron encontrándose en el mismo campo de flores marchitas, todas las tardes ella preparaba una canasta de pan amargo y patas de cuervos para llevárselas a su amado. No era amor, porque en esta villa no existía esa palabra, nadie se había enamorado, los hombres tomaban a las mujeres para hacerlas suyas y eso era todo, ese sentimiento no habitaba en sus corazones, sus cerebros no podían elaborar la concepción de un calor en sus cuerpos ni vibraciones y cosquillas en las íntimas partes. Al parecer, Charles y Amanda habían descubierto este sentimiento, sus cerebros eran más avanzados, habían roto las cadenas malditas que oprimían a la escoria de sus familiares. No quiero decir que iban bailando y cantado por las calles tomados de la mano con ropas coloridas, era un amor sucio, ojeras y vestimentas oscuras, cielos negros y bosques opacos. Casas de tejas, pozos llenos de alacranes, plazas llenas de gente jugando con naipes apostando la vida de sus bisnietos para aumentar los años a sus descendientes.

Al otro lado del perímetro se encontraba el cementerio de los cristianos, liberales, conservadores y marxistas. Esta raza arrasó con los que se opusieron a las reglas establecidas según lo que se dicto el día del pacto.
Eran adultos y decidieron estar juntos, nadie se opuso porque no les interesaba lo que hicieran. Construyeron su casa de tejas al lado del árbol donde Charles solía tomar notas de la vida, no se acostaron hasta hacer un ritual donde el vientre de Amanda sería cerrado para no dar a luz y así no traer a un hijo que sufra la maldición. Charles tenía en mente salir algún día, sabía que era posible, el no eligió pertenecer al pacto y podía; tenía el derecho de hablar con el mismísimo Satanás al igual que las brujas que lo invocaron. Era la única salida.

-Ya es luna llena- dijo Amanda

-¿Tenemos todo lo necesario para hacerlo?- dijo Charles

-Sí, le robé el libro de invocaciones y conjuros a mis tías- dijo ella

-Estamos listos- dijo él

Con los huesos de Heleen Diuvel formaron el pentagrama, Amanda comenzó con los conjuros de apertura:

-Asak mele jin demon, Asak mele jin demon- gritaba a voz en cuello.

Charles estaba sentado en una piedra con las piernas cruzadas esperando a ver qué pasaba. Amanda cambió de conjuro, esta vez en un latín deformado: -Helena vobiscum ossa invocant Satan-. Un fuego de color verde salió del pentagrama, Charles dijo –al fin-.
Una voz ronca como trueno –aquí estoy- dijo.

-Te invocamos para que nos libres de esta villa maldita, oh señor- Dijo Amanda

-¿Qué me darás a cambio? Tu alma ya me pertenece, todo discípulo sabe mis reglas: me llamas y te condenas-. Dijo Él

Amanda sabía muy bien que era así, ella quería que Charles escapara de la villa y que llevara su simiente al mundo.

-Sí, pero también dicen según lo que nos dejaste escrito, que cualquiera que usare los huesos de tu fiel sirvienta, les será concedido cualquier deseo sin excepción- dijo Amanda.

-Si así es, ¿Cuál es tu deseo?- dijo Él

-Haz que el perímetro marcado desaparezca y cada quien pueda salir libremente- dijo ella

-No puedo, ya se ha pactado, ni mis manos podrán deshabilitar ese conjuro- dijo Él

Se quedó pensativa y dijo:

-Entonces, destruye toda la ciudad junto conmigo y todos sus habitantes exceptuando a Charles- dijo ella.

-A..man..da.- Murmuró Charles

-Déjame esto a mí, todo saldrá bien- dijo ella

-Conforme a lo establecido, tus deseos sean cumplidos, tu alma, las de los habitantes, y la ciudad serán destruidos en el momento que Charles camine fuera del perímetro marcado- dijo Él mientras el fuego desaparecía.

Un aire fúnebre rodeo a Charles y Amanda, se acercaron, se besaron lentamente, caminaron por el campo de flores marchitas, llegaron al árbol muerto, se tomaron las manos mientras caminaban fueran del perímetro, de repente, Amanda golpeó con una pared invisible, Charles pudo pasar. Se vieron a los ojos, los cerraron y ocurrió lo que se había pactado.

Hubo una gran explosión debajo de la villa, se formó un gigantesco hoyo y se trago a la villa entera, con sus brujas, cementerios, y demás deshechos. Se escucharon los lamentos, y lentamente se callaron para siempre.

Muy buen cuento, es tuyo?, me encanto la forma, el estilo, es un tema muy interesante, fue divertido leerlo, gracias, saludos!!!

Hola Dariano. No había tenido tiempo de leerlo porque lo ví un poco largo. Pero ahora, lo hice y me pareció excelente.Además, tu narrativa se ha superado enormemente.Te felicito.Saludos amigo:AMAR.

Me agradó tu cuento Dariano, pero puedes resumir un poco y su lectura será mas fácil.Saludos,RAYMOND.

Muy buen cuento Dariano.Sigue por ese camino.Vas progresando muchísimo.Saludos,Rayo.

Hey! Gracias por sus comentarios, no me acordaba de esto, hay mucho que enmendar, pero de todas maneras disfruté escribiéndolo, como diría Baroja: "Con sintaxis o sin ella, estoy decidido a escribir". Saludos!!!!

Hola Dariano.Me parece qaue este escrito hubiera sido más apropiado colocarlo en EL RINCÖN DE LOS CUENTOS.Saludos,Rayo.