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NACIDO POR CASUALIDAD

NACIDO POR CASUALIDAD

Los ingenieros me citaron para las 8,30 hs. Siempre fui puntual para las reuniones laborales, hoy no tenía por qué ser una excepción. Me levanté temprano, miré por la ventana la Catedral y la plaza frente a ella; era la primera vez que visitaba Tucumán. Desayuné en el hotel. Tenía tiempo, hojeé un periódico nacional y uno local; para pasar el rato. Tomé un taxi y me fui a la oficina de esta gente..
Eran tres hermanos, con apellido patricio en Tucumán, dos de ellos ingenieros, el otro arquitecto. Llegué, nos presentamos, sólo nos conocíamos por conferencias telefónicas entre Tucumán y Capital Federal; mi presencia era para cerrar una venta de material que ellos necesitaban y nosotros vendíamos estaba hecha de palabra; faltaba darle forma legal.
Los tres tenían ante sí sendas tazas de desayuno. Uno de ellos me ofreció:
--¿Te sirvo. Nos acompañas?
--No, gracias, acabo de desayunar en el hotel, además el té no es mi predilecto.
Soltaron una sonora carcajada, el primero que pudo hablar, me dijo: --la última vez que tomé té era invierno y estaba engripado, éstos lo habrán bebido de changos; por algún resfrío. Es whisky, a esta hora debe ser en tazas, por el qué dirán; sobre el mediodía aparecen los vasos, es normal, está bien visto. ¿Te sirvo?
--Gracias, bebo algo, pero nunca de mañana y menos en medio de una transacción comercial.
Sonrieron y el mayor, Julio, dijo:--No somos borrachos, pero tampoco abstemios; normales.
Entre las nueve y las once de la mañana terminamos la operación de compra-venta de materiales. Eduardo, el otro ingeniero, trajo tres vasos y pidió un café para mí; mientras servía el whisky en los vasos, exclamó:-- Vamos a festejar esta operación, levantamos la cortina de cristal – se refería a los vasos – y brindamos,” salud y éxito en nuestra relación
comercial, que me gustaría terminara en amistad” – Todos aceptamos y dijimos: -¡salud!
Al mediodía, la botella estaba vacía y Román propuso ir a almorzar, sus hermanos estuvieron de acuerdo y a mí solo me quedaba aceptar. Era visita.
Salimos, cerraron la oficina que era un local a la calle y nos fuimos caminando; el restorán era cerca, en la peatonal. Entramos. Ellos saludaron, desde los mozos hasta los parroquianos;
a todos. Julio saludó a los que estaban detrás del mostrador y a los que esperaban en la barra que se desocupara una mesa; los tres eran habitués y muy conocidos, por su apellido histórico. La mesa estaba reservada a perpetuidad, nos sentamos y lo primero que trajo el mozo fue: ¡una botella de whisky!
Pedí para mí media botella de vino, agua y la comida. Para ellos trajo cornalitos, aceitunas, pickles, queso, jamón, salame y papas fritas de bolsa. Eduardo explicó:--Nunca almorzamos, nos cae pesado y como luego hay que seguir, preferimos comer liviano--- Cuando terminamos, a las tres de la tarde, la botella estaba vacía, los platitos no. Román, el arquitecto, dijo:-- Te llevamos al hotel, y a las cinco te vamos a buscar para que conozcas la obra ¿estas de acuerdo?—Dije que sí y nos fuimos.
Un poco después de las cinco de la tarde, el conserje me anunció la llegada de ésta gente. Yo estaba con pantalón, camisa, mocasines y un suéter mangas largas con cierre; me habían avisado que a la noche refrescaba.
Salimos, nos esperaba su auto, un Torino 2 puertas. Me mostraron un poco los alrededores y luego Julio le dijo a Román, que manejaba conmigo al lado:--Tirá para arriba chango—pregunté dónde era la obra –: arriba, en Tafí del Valle---siguió Julio.
El camino a Tafí del Valle, en esa época era de cornisa; a la subida uno va pegado a la sierra, a la vuelta ve a su derecha un vacío de cientos de metros, con profusa vegetación y árboles.
Se llega rápido. Tafí “era” un pueblo pequeño, dimos varias vueltas y visitamos el obrador. Mientras, decidían dónde ir; uno decía que a casa de fulano, otro que a casa de mengano o de la tía; Julio, como mayor, zanjó la discusión:--¡Vamos a cenar con el amigo y después vemos dónde pasar la noche!—Donde manda capitán…
Fuimos a un quincho inmenso, con muchas mesas y techo de paja. No había nadie. Nos sentamos y Eduardo le pidió a un muchacho, que estaba solo detrás del mostrado:--A ver, chango, poné un poco de música—Me preparé para escuchar a Los Chalchaleros, Los Fronterizos o el turco Cafrune; cuando comenzaron a cantar “Los Beatles” no lo podía creer, en medio de las sierras tucumanas, patria chica de Mercedes Sosa; ¡los Beatles eliminaban al folklore! Si me lo cuentan, no lo creo ¡pero lo estaba oyendo!
Los hermanos pidieron una botella de whisky, yo vino y agua; para cenar, todos pedimos algo de parrilla. La sobremesa fue larga, hasta que vaciaron la botella; dos de la mañana. A esa hora no podían llegar a la casa de ningún pariente y menos de la tía, una señora mayor que a las diez de la noche estaba en la cama. Julio, decidió:--Vamos para abajo. Ricardo tiene vuelo hoy a las dos de la tarde –me miró y agregó:--¿Es así?—Dije que sí y nos subimos al Torino. Román era el conductor, yo el acompañante y los dos mayores en el asiento trasero. Cuando entramos al camino de cornisa los de atrás, dormían. Lo miré a Román y lo vi cabecear; encendí la radio, le hablé para mantenerlo despierto, ¡hasta me ofrecí para conducir! Para él estaba todo bien, conocía el camino, tanto, que podría bajar con los ojos vendados; igual me pidió que no me durmiera. El cansancio fue más fuerte y me dormí. Román también.
Nos despertó un golpe debajo del coche. El motor se había detenido, no se si por Román o por el golpe.
Oscuridad total, no había luna. Le pregunté a Román:--¿dónde estamos?
--- ¡Colgados!
Abrí la puerta, larga, pesada; el coche se balanceó. Busqué con el pie un piso dónde apoyarme, no había, fui llevando el pie hacia atrás, despacio, tratando de no desbalancear al coche; cerca del asiento trasero había piso, en pendiente pero había. Fui tratando de apoyar mi pie derecho en ese piso y me fui deslizando, procurando no alterar el balanceo del vehiculo. Pude salir agarrándome de un arbusto fuerte y llegué al camino, me senté sobre el paragolpes trasero para estabilizar el auto y le pedí a Román que saliera como yo, lentamente, para mantener el equilibrio. Salió y llegó junto a mí. Los del asiento trasero roncaban ajenos a todo. Analizamos la situación: el coche se había detenido porqué el diferencial hizo tope con un tocón que llegaba hasta la parte inferior del piso. ¡El destino nos había evitado la muerte! Miramos hacia el fondo, no se distinguía, por lo profundo y la vegetación, sumado a la falta de luna. El problema fue, despertar a los hermanos, evitar que se asustaran y tratar que comprendieran la situación. El miedo los despabiló.
A las cuatro y media de la mañana estábamos los cuatro sobre el camino y el Torino colgando. Me enteré que hasta el amanecer por esa ruta no pasaba nadie; me acosté en el camino, con la espalda apoyada en la montaña. Me despertaron unos bocinazos, era un camión viejo, con pollos.
Decidieron que yo me fuera “para abajo”, que llamara al automóvil club, para que vinieran a buscarlos con una grúa. Me acerqué al borde. Se veía el fondo del barranco; si hubiésemos caído, nadie, que no viese el accidente nos hubiera buscado allí.
Los saludé y me fui.
Al mediodía, le conté al conserje lo ocurrido; me dio la mano al despedirnos, diciendo: --Señor, hoy nació de nuevo.-- Tomé el taxi y me fui al aeropuerto.
En el avión, esa frase: “nació de nuevo”, me recordó lo que había pasado hace 50 años. Yo había nacido por casualidad.
Nací en una aldea, sin médico, ni enfermera, ni posta sanitaria, ni caminos, ni luz eléctrica, ni medio de comunicación alguna, ni la variedad de medicamentos que hoy existen en el mundo. Los partos los atendían comadronas del pueblo; si eran normales, todo bien, si eran complicados, había dos opciones: todo bien o, todo mal; con la posibilidad que murieran madre e hijo o alguno de ellos.
Mi madre era primeriza y tenía poca dilatación. Tardé dos días en nacer; pesaba ¡5.6oo kg!
Nada más nacer, comencé a llorar. Primero creyeron que era por hambre. No. ¿Por algo roto en ese parto difícil? No. ¿Gases? No, todo no. Vinieron la viejas del pueblo, me hacían cruces con ceniza, rezaban; se juntaron para hacer cadenas de oración. Nada. Mi padre se levantaba a las cinco de la mañana, sin dormir; al tercer día se fue a casa de un vecino.
Pasaron los días y seguía el llanto. Cuando me cansaba, dormía, era uno de los pocos momentos que no berreaba, el otro era cuando tomaba el pecho o bebía agua. A los quince días había bajado dos kilos y medio, mi padre fuera de sí, me dio el biberón con un poco de vino:--Se emborracha y se calla—dijo. Nada. Mi abuela, llamó al cura, vino, me miró, me oyó y le dijo a mi madre:--La comida para este niño, la tengo yo en la casa de Señor, y me dio ¡la extrema unción!
Al mes, sin qué ni por qué, dejé de llorar y tomé el camino del bien y la normalidad. Durante mi infancia y mi juventud, muchas veces mis padres contaron esta historia; terminé por aprenderla de memoria. Cuando cumplí 20 años, le escribí al cura: “Estimado Don Nicolás, soy el bebé a quién usted prometió el pan eterno. Me gustaría que haga un estimado de lo que gasté en alimentos, desde que nací, a la fecha, y me envíe el dinero de ésos veinte años. Lo saluda atentamente, Ramón Álvarez”.
Nunca contestó, ni siquiera un acuse de recibo.
Cuando cumplí 46 años, nació mi primer nieto. Había incompatibilidad sanguínea entre el padre y la madre; el padre era: RH+, la madre; RH-. Se solucionó con una inyección a la madre de gammaglobulina anti-D, antes del parto y tomar la misma precaución en los partos sucesivos; amén del seguimiento al bebé, si era RH+
Ese día comprendí que yo “había nacido por casualidad”, sin conocer la causa. Sin medicación, sin profesional médico, solo con la ayuda del DESTINO y DIOS, a través del cura de la aldea. Poca gente en el mundo, sabía en ese entonces que la sangre tenía factores. Para la mayoría era importante y roja. Punto.
Las probabilidades eran: 0 a favor, mil en contra. Lo normal: que muriera, hasta el cura lo pensó. El destino quiso que yo fuera: RH-, igual que mi madre
Las viejas de mi pueblo, si viviesen hoy y supieran del accidente en Tafí del Valle, habrían dicho que la mano de Dios me protegió y me sigue protegiendo.
Pero yo soy agnóstico.
JSM

[b][size=4][color=#0000bb]En tu pluma existe la posibilidad de hacer que me ría en los momentos más complicados, quizá esa no era tu intención con la historia de "Ricardo" pero tantas casualidades me llevaron a ver lo absurdo( lo digo con respeto) de la situación, más si se tiene en cuenta la frase con que cierras tu cuento " ya que aunque agnóstico concluyo que no es ateo". Disfruto los detalles, te sigo leyendo.[/color][/size][/b]

Querida MR. Cuando entramos en ese terreno de la fe, mi respuesta es: Todos creen en algo; los que dicen que no creen, también; creen que no creen. gracias. Si, son situaciones risueñas.