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LA MESA ESTÁ SERVIDA

LA MESA ESTá SERVIDA

Cuando recibí la invitación, la tiré al cesto. Esta pareja me tenían harto; hacían reuniones fastuosas; se comía y bebía muy bien, pero los invitados eran de terror; casi nadie se conocía entre sí, esa era la razón para huirle a sus ágapes, nadie aguantaba más de media hora las charlas insulsas o pedantes de nuevos ricos que nos contaban, con lujo de detalles, lo que tenían, dónde lo tenían y sus viajes por América y Europa ¡y mejor que no tuvieran su cámara digital encima!
La mayoría de las veces que fui, pocas, no llegaba a sentarme a la mesa, huía antes, con tal de no seguir oyendo a esos plomos.
La señora de la limpieza, ignorante de todo esto, rescató la tarjeta del fondo del cesto y la puso nuevamente en mi escritorio. Hoy reflexiono y creo que nadie elude su destino. Había hecho con mi novia un programa de tres días en Colonia del Sacramento (ROU)
Me llama por teléfono a la mañana para decirme que había amanecido con prurito en la cara y la espalda, pidió turno al especialista y le dieron para las 14 horas.
--¿te acompaño?
--¡No! Viene mi hermana, manejando.
--Ah – La hermana no me podía ver, ni en foto –Teneme al tanto –dijo que sí y corté. Llamé a la terminal de Buquebus, para cancelar las reservas de pasajes. Supuse que el viaje había caducado, no me equivoqué; me llamó para contarme: análisis, medicación previa y la posterior dependía del resultado de los análisis; tiempo: no sabía.
Me senté frente al escritorio, encendí la computadora y mientras se cargaba vi la tarjeta de invitación al ágape, jugué con ella en la mano pensando que hacer, era esa noche. Estaba de mal humor por lo ocurrido, todos mis planes previos, a pique.
La miré evaluando. Pensé: “entre quedarme en casa masticando bronca e ir a ese lugar” y me contesté: “más vale malo conocido, que bueno por conocer” Sonreí, pensando en las vueltas de la vida.
El matrimonio tenía un piso de casi 500 metros cuadrados, el comedor andaría por los setenta metros cuadrados.
La cita era las 20,30 horas. Se servían aperitivos varios a elección, con bocadillos de todo tipo. Paseé por el living, sesenta metros cuadrados; tratando de evitar a “los pesados” conocidos, pero en ese lugar siempre había novedades, nuevos “plomos”, que uno descubría cuando ya era tarde.
Con mi copa en la mano giré sin mirar, para tomar un bocadillo de la mesa y tropecé con alguien, me di vuelta para disculparme y quedé con la boca abierta ¡un pedazo de mina! De esas que uno solo ve en las revistas, nunca en su vida cotidiana. Ella sonrió, yo mudo; cuando procesé lo que mis ojos percibían, inicié mis disculpas y comencé “el camelo” – lo que yo, en mi dialecto personal, llamo: la fastrafa - para que la noche fuera buena, sin cálculos; es importante conseguir la empatía, lograr una buena pareja en ese lugar era como acertar el loto. A la media hora ya sabía que estaba sola, no era argentina, se llamaba Irina y era agregada cultural de un país que había integrado la URSS; soltera y le gustaban: Buenos aires, y el tango.
Yo, conocedor de las costumbres de la casa, primero la aseguré como compañera de mesa; estaba encantada con mis conocimientos de todos los lugares de la ciudad y tener un guía para conocerla a fondo. Me di cuenta que le había caído bien. En estos casos siempre procedo con sinceridad y afecto, el resultado final llega por decantación al estadio pasión.
Pedí permiso un momento y me fui. Cuando volví, eliminé a un halcón que se quería comer mi paloma y retomé la charla, me comentó que su ubicación era entre dos mujeres; esperaba que después, cuando sirvieran el café y los petit-fours, nos volviéramos a ver, para programar algo, nos dimos nuestros teléfonos y en ese momento entró un ujier – sí, un ujier con librea – y golpeando un pequeño gong, anunció: LA MESA ESTA SERVIDA.
Nos despedimos socialmente y me fui a sentar. Ella fue a su asiento, indicado por una tarjeta con su nombre, la seguí con la mirada y observé que estaba frente a su silla, sorprendida, me miró y encogió los hombros en señal de desconcierto. Ese no era su lugar.
Me puse de pie, sonreí y con un gesto le dije que viniera, indicándole que su lugar era a mi lado. Yo había cambiado las tarjetas.
¡El futuro era nuestro!
JSM

Me sigue pareciendo un corto bastante similar, en su ternura literaria (si se puede decir así) a cualquiera de los de Don Mario Benedetti. No obstante he observado algunas cosillas raras ortograficamente hablando, tales como demasiadas comas donde debería haber puntos y seguidos... (pero a mí tambien me pasa eso a veces. Como no tenemos correctores profesionales que nos hagan el trabajo.. pues eso.)
Un abrazo

Gracias, amigo. Has dadp en el clavo o, en el talón de Aquiles. Por eso lo publico aquí, la puntuación es mi desgracia, no temas decir lo que entiendas que está mal. Estoy para aprender, coño y no para cabrearme jajajaja. Un abrazo, paisano, y reitero mi agradecimiento.

A mí me gusta mucho que se usen muchos puntos y coma y dos puntos. Se te ha olvidado poner mayúscula al principio de alguna frase, pero eso es una nimiedad. Me encanta el ritmo rápido de frases tan cortas, de sugerir relaciones lógicas con signos de puntuación para no retardar la acción. Eso sí, el final se me queda un poco corto, sugerente, eso sí, pero demasiado poco ligado al principio de la historia.

Muchas gracias por tu cuento.