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ADIOS

ADIOS
El día, singular o plural, es sustantivo; el ser humano lo adjetiva. Siempre. Entonces tenemos: días buenos, hermosos; maravillosos; fantásticos; etc. O: malos, tristes, pésimos: negros, olvidables, de mierda; etc. En todo esto, el clima nada tiene que ver.
María se despertó. La luz le daba en la cara. Héctor se había ido temprano; se levantaba, higienizaba, desayunaba y se iba. Todo en el mayor silencio. Los matrimonios adquieren hábitos que el tiempo convierte en Leyes inviolables.
Después de casi cuarenta años, no había sorpresas ni arranques espontáneos, atisbos sí, pero el que los acometía, inmediatamente los frenaba. La relación se había estructurado sin que ninguno de ellos se diera cuenta. Es como caminar: primero un pie, luego el otro y así sucesivamente. Nadie piensa cómo se hace, sólo los bebes; los adultos lo hacen automáticamente. La vida en pareja también.
Ella se levantó, fue al baño; luego se lavó la cara. Mientras se cepillaba el cabello se encontró en el espejo; la saludó y le dijo:
--¡Todo llega, Mary! Volvió al dormitorio. Morosamente se cambió para el diario trajín; fue a la cocina, calentó el agua para el té y se sentó, mirando al infinito con cara de nada.
Pensó. Se pensó. La cara no era de satisfacción; demasiadas postergaciones, metas no cumplidas; ya irrealizables hoy. Perdimos cuarenta años. Se dio cuenta que era un pensamiento pesimista, trató de cambiarlo haciendo un balance; fue peor.
--¡Mejor me tomo el té! Hoy es un día -pensó: de mierda- pero dijo: especial. Cumplía sesenta años.
¿Cómo llegué aquí? Las imágenes pasaban por su mente. A los veinte ¿quién piensa en los sesenta? Nadie. Eso les pasa a los otros. El mes pasado tenía veinte, había pasión, ganas; ambos tenían ganas. ¿Cuándo las perdieron y se convirtió en rutina? ¿Cuándo se convirtieron en amigos? ¿Cuándo dejó de haber sorpresas en la pareja? Mientras pensaba en lo que pudo ser y no fue, enjugó con el pulgar y el índice dos lágrimas solitarias. El último quinquenio pensó que no la afectaría cumplir sesenta años. Se equivocó. La afectaba, por eso las lágrimas. El balance tampoco cerraba bien.
Se pensó hacia adelante, le gustó menos; no había expectativas de cambio, tampoco proyectos, ni siquiera inviables. Comprendió que todas las actividades que realizaba eran para tapar lo que no le gustaba; se sinceró: su realidad no le gustaba, de alguna manera ella también era culpable de lo que ocurría en la pareja; tenía: cariño, afecto; pasión no. Lloró mansamente, lloró por la mujer que fue; hoy se despedía de ella, para siempre. Se puso de pie para borrar esa nube negra de su pensamiento. Encendió la radio, alguien cantaba: “Una furtiva lágrima” No era su día.
Salió a caminar, debía salir de ese ambiente negativo, oxigenarse; ir a la peluquería, vestirse elegante, estrenar zapatos y perfumarse con una buena loción francesa; para esperarlo a Héctor como hace veinte, treinta años: con pasión, sorprenderse con su propuesta. Se salteó el almuerzo; tenía apetito de “otra cosa” ¿Qué? No sabía. Quería que ocurriera; sólo eso: que ocurriera, fuera lo que fuera; algo inesperado, como éste cumpleaños.
La habían llamado todos: sus hijos, su familia, sus amigos. Faltaba Héctor. La demora exacerbó su fantasía. Estaba radiante. Todo nuevo, desde la ropa interior hasta el vestido, los zapatos, el peinado, los aros, el maquillaje, la loción. Y ella, esperando que ese día terminara siendo maravilloso. Héctor lo haría posible, su caballero andante, su amor de toda la vida.
Cuando sonó el teléfono, se sentó, se quitó el aro y apoyó el tubo.
--¿María?
--Sí.
--Roberto.
--¿Roberto?
--Psicodrama
--¡Oh! – pensó: Justo hoy. Pero dijo:--Tanto tiempo. ¿Cómo estás?
--Bien. Recordé que hoy es tu cumpleaños, en realidad fueron Elena y Sara las que se acordaron. Nos seguimos viendo. Me pareció oportuno saludarte, felicitarte. Siempre me acuerdo de vos. Siempre quise llamarte, me faltaba el motivo, hoy lo tengo. ¿Estás bien?
--Sí. Te agradezco el llamado y que me recuerden.
--¿Lo ponés en plural?
--Sí. Lo nuestro nunca fue singular. En su momento lo dejé en claro. Es muy grato saber que uno trasciende el tiempo en el pensamiento de otros. Te reitero las gracias. —Roberto percibió que era: pasado; pisado. Se despidió:
--Que tengas un buen día de cumple. Les diré a las chicas que te llamen. Un abrazo.
--Gracias. Hasta siempre. —Colgó. Recordó ese tiempo lejano. Fue un tropezón, sin caída. Algo pasaba entonces que la hizo trastabillar. La edad es un aditamento, no la causa. Mientras pensaba todo eso, se abrió la puerta y entró Héctor, lleno de paquetes y desprolijo.
--¿Vieja? Ante todo, me quiero disculpar. No te pude llamar, los clientes me llevaron de un lugar a otro: ni almorcé. Estoy hecho pelota, pero es tu día y además de decirte que te quiero mucho, me gustaría que festejáramos esta noche, en casa, tranqui. Traigo la cena; un champán y una mistela frio, para degustar con el postre ¿Qué te parece? Me doy un baño y festejamos. –Fue dejando todo sobre la mesa –Poné algo de música, hay mucho silencio aquí.
--Sí Héctor –desde el comedor, mientras preparaba la mesa, comenzó a llorar. Hoy su pasado imperfecto se encontró con su presente ¿Perfecto?, no sabía, no quería pensar. Fue al dormitorio para arreglarse el maquillaje, al verse, esbozó una sonrisa. Agregó unas gotas más de perfume, ahora en su pecho. Miró a su amiga en el espejo, le tiró un beso y le dijo:
--Siempre hay esperanza, Mary.
JSM