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Murallas

[i][center]El Vacío es la noción completa
de un Todo inalcanzable…[/center][/i]

La muchacha leyó esta frase, que gravada sobre la pared blanca, parecía brillar con luz propia, como si miles de foquitos delinearan los trazos elegantes y largos. Sabía perfectamente que se trataba de un efecto visual, las palabras no resplandecían, era la luz blanquecina de los focos fluorescentes contrastada con la de la lámpara encendida cerca del sofá lo que creaba aquel efecto de resplandor. No recordaba haber visto esa frase escrita sobre la pared cuando decidió refugiarse en aquella habitación, la verdad, ni siquiera recordaba que aquella pared hubiera sido desde un principio tan blanca e inmaculada. Era como si alguien —no ella— hubiera pintado la pared y escrito sobre ésta la frase que ahora le seguía a todas partes como un fantasma.
Bueno, la verdad, eran muchos los fantasmas que la seguían últimamente…
Sacudió la cabeza y se sentó mirando los papeles desperdigados sobre el escritorio. No había necesidad alguna de pensar demasiado en la frase, después de todo, solo era un montón de letras que adquirían algún sentido según la persona que las leyera. A ella no le interesaban resultados tan singulares, que una definición cambiara de persona a persona era una aberración. Lo que en verdad importaba —para ella y otros pocos— eran las definiciones universales, las leyes generales, los paradigmas científicos, los teoremas. En suma, la matemática… la matemática formal, sustancia esencial para el movimiento del planeta.
La muchacha sonrió. Estaba satisfecha de no dejarse engañar por las palabras escritas sobre la pared. De un momento a otro conseguiría pintura y las borraría —mañana mismo si quería— y así ya nadie podría leerlas, se perderían en el tiempo como lo que eran, simples palabras. Pero su matemática, aquella que tenía escrita en las hojas desperdigadas sobre el escritorio, perduraría por la eternidad.
—Por la eternidad —repitió en voz baja mientras tomaba una hoja, una pluma y comenzaba a escribir aquellos símbolos extraños que la mayoría del mundo rehuía.
Y escribió por horas y horas —horas y horas de llenar con símbolos las hojas vacías—. Y aunque tratara de ignorarlas, las palabras seguían apareciendo en su cabeza, alcanzaba a mirarlas por el rabillo del ojo, parecían bailotear por toda la habitación.
Una inquietud sin nombre comenzaba a embargarla, a herirla por dentro. La inquietud se fundamentaba en el vacío… un vacío que ella había pretendido ignorar, pero que se presentaba como un efecto físico… el efecto físico de escribir en las hojas, ese era su vacío… las hojas vacías que ella intentaba llenar con símbolos, con matemática, con la idea de que la matemática era el pilar de toda su vida. No quería pensar —porque aquello hubiera sido darse por vencida— que las palabras sobre la pared fueran verdaderas. No quería pensar —y sintió un escalofrío porque de hecho lo estaba pensando— que ella estaba vacía por dentro… y no, aquello no era lo más grave. Lo más grave era tener la noción de aquel todo inalcanzable y saber a ciencia cierta que ni siquiera las yemas de sus dedos podrían rozarlo…
— ¡No! —Exclamó tirando la pluma a un lado y levantándose precipitadamente de la silla—. ¡No es cierto!
Caminó en círculos con el corazón latiéndole a toda prisa. Hace mucho que había desterrado esos absurdos pensamientos de su mente, no era momento para retomarlos. La decisión estaba tomada, su camino trazado. ¿No se había encerrado en aquella fortaleza con el fin de alejarse de lo absurdo? ¿No había aceptado la soledad como un recurso y no como una maldición? La soledad y el vacío coexistían en ella y fuera de ella, darles o no importancia era lo único importante entre estos dos conceptos…
Dejó de dar vueltas y caminó hacia el ventanal para colocar la frente sobre el vidrio helado, eso siempre la tranquilizaba… Entonces, iluminada por la luz de la luna, vio la silueta que escalaba por una de las grandes murallas que circundaban su fortaleza.
— Yo jamás haré lo mismo por ti —anunció la muchacha—. No escalaré para encontrarte, porque me has aburrido, eres igual a todos, a ese mundo de máscaras. Deberías darte por vencido. No intentes ser lo que no eres. Regrese a donde perteneces y déjame. Yo viviré siempre sola… siempre.
El muchacho se paró en seco y ella sonrió tristemente a sabiendas de que él al fin había comprendido que era inútil seguir escalando. Él no era quien podría comprenderla, no había nadie en el mundo que entendiera su confuso mundo interno...

Continuará...