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Un guardia somocista

Estaba en mi descanso, miraba la laguna, quise darme un chapuzón pero sonó el megáfono, informaban que el general venía en camino. Debíamos formarnos y esperarlo en el parqueo. Llegué y me uní a la formación. Esperamos unos minutos. Vimos el auto venir, era un mercedes 300d del 57, el motor rugía con elegancia. El general bajó del auto, vi sus zapatos sus zapatos relucientes. Su uniforme impecable, su cabello bien peinado, y su corbata firme, eran las características del dictador. Nos saludó a todos, de sus poros salía el whiskey que tomaba antes del mediodía. Recuerdo que una vez, en una de sus veladas, las que siempre hacía para sus campañas, me dio un trago, sabía a oro, me resecó toda la garganta, me tambaleé un poco de tan fuerte que era.

Nos reunió a todos en la sala principal, nos habló de su renuncia al poder que el gobierno de Estados Unidos lo obligaba. Sugirió que nos fuéramos lo más pronto posible. Si llegáramos a quedarnos, el frente nos torturaría. Se despidió y se fue. Esa noche alisté mis maletas, estaba tranquilo, porque aunque me quedara, mi familia estaría bien, pues ellos vivían en Miami. De pronto en las lomas se escuchamos balazos, inmediatamente tomé mi M16, salí de la habitación, corrí al comando, nos dieron órdenes de posicionarnos. Al instante vi por la loma sur a los piricuacos, -allá están- grite señalando su ubicación. Los rafagazos pasaron por mi cabeza, pero respondí y solo escuché el gemido de un chavalo. Los sandinistas mayormente eran estudiantes a los que se les daba un ak, machete o lo que sea para enfrentar el gobierno Somocista, lamentablemente cada quien protegía su vida y debía proteger la mía por supuesto. A veces sentía la sangre correr por mis venas, como una calentura mórbida por matar a esos perros comunistas, cada balazo que disparaba me imaginaba sus cabezas explotando. Una vez en entrenamientos en las montañas de Jinotega, encontramos a un grupo de sandinistas, los rafagueamos, algunos quedaron vivos. Los agarramos, subieron al camión, y en una casa abandonada, los pusimos de espaldas y me di el gusto de llenarles de plomo la cabeza. Esas prácticas prepararon mi mente para el momento de matar, pues apenas tenía 19 años.

Cuando el tiroteo terminó, fuimos a revisar los cuerpos, estaban tirados entre las hojas, hicimos una zanja y ahí los dejamos. Regresé a empacar, esa noche no pude dormir pensando cómo sería el futuro de este país a manos de los comunistas, pues el General había dado un avance económico sorprendente, éramos el granero de Centroamérica, el cambio del dólar era de siete córdobas, y las inversiones internacionales cada día aumentaban, sin embargo el pueblo estaba aburrido del progreso, entonces decidieron tomar las armas para hacer más divertida la vida.
Al día siguiente fuimos al aeropuerto nacional, abordamos al avión presidencial solamente los allegados al general. El destino, Miami.

Cuando narres una historia de tu país escríbela en castellano, sin neologismos (rafagazo, etc.) o términos localistas que, para el resto de américa no tienen significado. me alegra que estes "dándole a la pluma", pero no te olvides de corregir. me agrada que los jovenes tomen la posta. TE DESEO LO MEJOR.

Tienes toda la razón, he tratado de eliminar los términos localistas. Pero, si has leído a: Pilar Errázuriz, María Obligago, Leticia Rossón. Ellas frecuentan términos localistas. También Sergio Ramirez exalta localismos nicaraguenses, entiendo tu observacion, hay momentos donde la lectura deja de fluir por ese tipo de palabras. Gracias