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CONVERGENCIAS

CONVERGENCIAS

Quince años pueden ser muchos años si se anda malherido. Los visualizo sobre una línea recta imaginaria. En el punto inicial, ella se asoma al balcón de su casa, cuya fachada alta, plana y cuadrada, con las aberturas mínimas para dos ventanas y un pequeño balcón, me hace pensar en un bunker de guerra. Vive en la segunda planta a la que se sube por una escalera recta con una inclinación de vértigo en la que un ligero empujón podría lanzar a una persona al vacío. Al ascender hay que reprimir el impulso de ponerse a gatas.

Viste un jersey blanco de rayas horizontales negras, que bien puede ser negro con rayas blancas. Un pantalón oscuro de tejido fino acaricia la curva despiadada de unas caderas que nunca mis manos conocerán. Despeinada; un mechón de pelo castaño le cae con libertad sobre un ojo. Apenas ha tenido tiempo de acentuar el corazón rojo de sus labios, y una constelación de pequitas le salpica alegre las mejillas. Se inclina sobre la barandilla para poder mirarme bajo sus pies, junto al tejadillo que resguarda la puerta. Me espera para nuestra hora de Cálculo y Trigo, pero parece sorprendida y feliz de verme, como si se tratara de una visita inesperada. Desde su posición le debo parecer gracioso, o indefenso, ahí, bajo el balcón, escudándome de la brisa infatigable de esta ciudad, a la vera de su puerta, con mi bicicleta de la mano, timbrando por segunda vez, esperando que baje alguien y me abra. Es entonces cuando su boca se estira hacia las comisuras y dibuja una mueca sutil y misteriosa que no llega a ser una sonrisa: es la señal embebida de complicidad que transformará la índole de nuestras citas de estudio, al menos para mí, en una necesidad insoportable. Sin saberlo, acaba de atravesarme con una lanza dolorosa. Me inmoviliza al suelo, como la estatua del vencido. Es la herida de muerte, que tantos poetas han descrito, con tanto acierto: los puntitos de las mejillas pálidas, el mechón, el rojo escarlata de su sonrisa velada, son la conspiración venenosa que me seguiría matando cada segundo sin ella. ¿Obtuve algún beneficio apareciéndome aquella lluviosa tarde de sábado, en aquel callejón de talleres mecánicos, frente a su puerta? ¿Podría haber continuado mi vida libremente sin ese objeto irreductible en el alma, sin seguir el trazo de esa línea hipnótica hasta hoy? Preguntas necias.

El punto donde se extingue la línea tiene otro escenario, otro año, y una hora distinta. No llueve, el sol es el de abril. He regresado de andaduras inútiles por tierras ajenas y hostiles, y he salido esta mañana a recorrer calles sin rumbo, intentando aferrarme a un pasado familiar. Un impulso me ha llevado al corazón de la ciudad, al alboroto del comercio caótico del centro. Soy un extranjero en mi propio país; me asombra la algarabía y la disposición de cachivaches en las minúsculas casetas de latón sobre la acera, me estremezco de emoción con los pregones rimbombantes de los vendedores de ropa de marcas de imitación: “¡bueno, bonito y barato, señores!” “¡bien pueda mi amor, siga, sin compromiso, que tallita buscaba!”. Me alejo unos pasos del fragor, y el corazón me da tres mil vueltas en el pecho cuando lo descubro: pertrechado en el muro de medio metro que separa las grandes puertas de dos perfumerías, a salvo de los efluvios fragantes, está el anciano mudo con su comercio diminuto. Es un duende eterno con su sombrero negro a juego con un traje de otro siglo. Está igual de viejo que antaño, como si el tiempo fuera una lacra ajena. Solo su expresión se ha hecho más severa. Ha adquirido el carácter de la cera. Está en cuclillas. Sobre sus rodillas huesudas sostiene el cajoncito de madera forrado con papel de regalo apolillado decorado con figuras geométricas superpuestas e irreconocibles. Sigue ofreciendo el Calendario Bristol, la peineta, el cortaúñas, la tiza mata cucarachas, la pomada matacallos, la cajita de fósforos póker, el juego de horquillas negras, una baraja española y unos cuantos botellines con etiquetas inciertas.
Alguna vez esta alegre miseria fue mía y el tiempo acabó arrebatándomela. ¿Para que la querrá el tiempo? Imagino un anciano con síndrome de Diógenes acumulando desperdicios inútiles en un desván infinito.

Es físicamente imposible la contemplación pasiva porque me convierto en un objeto inanimado que interrumpe la ruta afanosa de los transeúntes; todos se dirigen a algún sitio en concreto, tienen un motivo, un recado, una compra, una fila de banco esperándoles. Yo tengo el aspecto de un viajero del tiempo, asombrado y torpe, que se dedica a absorber imágenes para descubrir la índole de la época en la que ha aterrizado. Por andar alelado puedo tentar a los carteristas que pululan. Lo sé porque el viejo lo sabe; me mira con pena y luego se rasca su áspera mejilla: es la señal de que segrego el olor inequívoco de víctima fácil. Estoy expuesto. Le agradezco la advertencia comprándole un metro de sastre y me refugio en una cafetería-restaurante-panadería que ya hacía parte de la escenografía de mi niñez. Las meseras regordetas de semblante soñador, con sus delantales a cuadros parecen estar allí desde siempre. Me siento en una mesa cerca a la puerta para poder seguir contemplando la muchedumbre. “¿Que desea, señor?” “Una Póker por favor”, le respondo. “Con mucho gusto”, dice. Nuestra cortesía comercial es sempiterna y es un bálsamo para un cliente solitario. Aparece un dicharachero vendedor de lotería para ofrecerme, con convencimiento de cuerpo y alma, el 7707 como el número del gordo. “El último que me queda señor, no deje pasar la oportunidad”.

El calor del mediodía empieza a espolear el cinc de las casetas y abrillanta la tez morena de la gente. El contraste lo pone una exuberante rubia de piernas sinuosas que se aventura hasta un puesto de bisutería. Desprecia y acoge, con pulsados rubores, la descarga de piropos de los vendedores. Es entonces cuando una sensación turbadora arremete contra mí. Descarto que proceda del cinco por ciento de alcohol de nuestra cerveza nacional, o de la reverberación del sol que ha generado un aleteo de toldos protectores a lo largo de la acera, o de la rubia que levanta el remolino de agitación. Algo me ocurre. La lanza se remueve dolorosa entre tejidos y sangre. He arrastrado media vida con ella, como un órgano más, y ahora recuerdo su existencia. Es irónico el descubrimiento de algo a través del dolor. Salgo tambaleando al corredor trajinado y tropiezo con un cajón de maní caramelizado y trozos de coco: “A la orden caballero”, me saluda un vendedor dispuesto.

He perdido el rumbo, quiero volver a casa. Lucho para ordenar las coordenadas salvadoras cuando la veo. Camina hacia mí desde una escena iluminada y cegadora. Unos veinte metros separan el choque sideral. Mis ojos sostienen un oleaje interno que no encuentra cauce. Camina atropellada por la prisa, las líneas dilatadas de su cuerpo le impiden andar con soltura. Trae prendidos a sus manos dos niños pecosos, de cejas negrísimas. Los vendedores de juguetes hostigan la curiosidad de los chiquillos con seductores ratones autómatas o con el poderío del vehículo anfibio a control remoto que hacen avanzar hasta a sus pies. Ella balbucea algún reproche a sí misma; se culpa de haber escogido ese lado de la calle cada vez que tira con fuerza de los niños que frenan bruscamente para contemplar el movimiento de los artilugios. Les riñe cansada, suda, no tiene tiempo a mirar al frente mientras trata de reanudar su camino. Entiendo que el tiempo ha desfigurado y vuelto moldear tantas veces nuestras vidas, que puedo quedarme de pié, que pasará a mi lado, casi rozándome, y no me va a reconocer. He dejado de existir, soy un dibujo borroneado donde se ha vuelto a pintar y a tachar mil veces. Pero añoro encontrar un vestigio del ángel cruel de dieciséis años en alguna expresión traicionera de esa señora abotagada que se acerca. Miro su rostro sin el pudor de antaño: el universo de estrellitas yace bajo una capa apresurada de maquillaje de funcionaria. Los labios encarnados de entonces parecen arrasados por la sequedad de una fiebre. Y en un último rayo de nostalgia, en el momento que pasa frente a mí, cierro los ojos para ausentarme y exhalar, como queriendo hallar un resto fósil de aquel aroma de locura de mis noches, pero solo me llega un nítido vaho de lavanda de un puesto de plantas aromáticas. Quince años se han diluido entre perfumes insidiosos, calor y mediodía. La lanza que me ha partido en dos empieza a encogerse hasta convertirse en una espina inofensiva. La llaga sucumbe ante la arremetida de tejidos renovados y sanos. El niño glotón también sucumbe a la visión fantástica de los trozos de coco bañados en dulce de caña que lleva un manisero, y tropieza con mi pie. Acaricio su cabeza. “Ten cuidado ¿no ves que casi tumbas a este señor? Perdone”, le riñe y se disculpa, sin mirarme, mientras tira del chico con desgastada impaciencia. Es una voz desconocida y vulgar. “No es nada, señora, no se preocupe” digo, y la dejo seguir su camino. La línea recta se deshilacha hasta romperse por completo y se divide en dos líneas autónomas y divergentes.

He recobrado la unidad, siento la ansiada plenitud y creo caminar unos centímetros sobre el suelo. Atravieso el bazar y salgo a la plazoleta de los cines donde atronan los altavoces de los comerciantes de música. La voz del “Flaco” se impone: “….esa risa no es de loco, se están riendo de mi….” Al fondo, donde sobreviven los viejos coleccionistas, alcanzo a escuchar un vinilo crujiente con la voz del sonero inmortal interpretando “Convergencias” “….madero de nave que naufragó, piedra rodando sobre sí misma, así soy yo, la línea recta que convergió, porque la tuya al final siguió…” Tiemblo de emoción. Me alejo tarareando, con unos deseos irrefrenables de buscar a algún viejo amigo para contarle la confabulación del universo, celebrar mi libertad y el nuevo estado de las cosas.

FIN

Por favor, Alex... no me hagas nunca más esto!!! Me dejaste de una pieza, llorando, amarrada a cada palabra y sufriendo el desencanto de esas divergencias con el paso del tiempo. "soy un dibujo borroneado" qué imagen desgarradora. Excelente relato!!! Te re-felicito. Un abrazo.

[i][size=4][color=#0000bb]La dura realidad aplasta de manera irreverente esos amores ideales que guardamos con amarga alegría o dulce dolor. Que fascinación la descripción que haces tan detallada, que te denuncia como habitante o por lo menos proveniente de unos lares que también conozco, podrías estar en una calle del centro de mi bella Cali o de la hermosa Medellín y si estamos con suerte en mi preciosa Bogotá.
Me alegró la forma como le llegó la liberación a tu protagonista. Te sigo leyendo encantada en grado sumo de compartir contigo país.[/color][/size][/i]

Hola Alexdz, muy bien hilado tu relato.Muy descriptivo.Saludos:AMAR.

gracias MR por tu grato comentario. Me encanta que te encante, je. Es un gusto saber que estamos emparentados por la tierra. Tierra amorosa, difícil, fascinante, e ingrata, como amante esquiva. Por supuesto, puede ser la calle de cualquier ciudad nuestra, donde la vida se levanta y se apaga en el maravilloso trajín cotidiano. Un abrazo enorme desde el valle de Pubén.

Gracias querida Leedee por tu comentario. Es hermoso poder edificar, a través de unas simples letras, un puente emotivo entre dos personas que quizá se han perdido alguna vez en esos laberintos del tiempo y el amor. Esta historia está condimentada con esos elementos, esos que nos matan y nos dan la vida y que al final definen nuestra historia individual. Cuando desde nuestra condición de simples aficionados y amantes de las palabras, conseguimos tocar, aunque sea con la yema de los dedos, ese mundo en el que todos nos entendemos, es un gozo tremendo y allí sobran los análisis gramaticales, o el saber si se escribe bien o mal, si hay incorrecciones o faltas ortográficas, porque se ha logrado transmitir la misma emoción o conmoción que se sintió al escribir cada frase. Yo creo que esa emoción es la droga que buscamos en las letras gracias. Cada día nos pintamos y nos volvemos a borrar un poco. Un abrazo gigante.