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CARRETERAS

CARRETERAS

Con cuanta intensidad he pensado en ti esta tarde. Que descomunal gravedad de roca compacta se asentó aquí, en algún sitio del pecho. Que sensación de desamparo, tan grande como las montañas majestuosas que los túneles de la carretera acuchillaban.

Viajaba en el asiento trasero de un vehículo, con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana. El paisaje verde se deslizaba raudo por mi recuadro, como un film viejo y estropeado. Somnoliento, intentaba imaginar el aspecto de los habitantes remotos de aquellas aldeas, ahora solo montículos de piedra, desperdigados sobre las cumbres que dejábamos atrás, habitados por una vegetación invasora, por humedad y ruina. Imaginé gente pequeña, pies descalzos, pelos como cuchillos, atuendos color paja, feroces jaurías acechando. De repente, interrumpiendo la ensoñación, y azuzado por los últimos rayos melancólicos de la tarde, vino a mí, como un soplo helado junto al oído, como el aguijonazo de un remordimiento, el recuerdo de nuestro primer viaje.

Evoqué al instante la escena irreal, pero lacerante, de nuestro entrañable y viejo Volkswagen, subiendo a duras penas las cuestas que nos impulsarían hacia los destellos de platino de la Costa de la Muerte. El recuerdo llegó con una oleada de dolor, como si emergiera de un sitio oscuro y profundo. La vida se convirtió en un animal viscoso y dañino que me masticaba por dentro. Me tragué lágrimas para no quedar en evidencia ante los dos horribles conocidos con los que viajaba por asuntos de trabajo. Tan ajenos, tan lúcidos y vanos, su presencia empezó a ser una lacra. Los sonidos electrónicos a los que me condenaba la música del conductor, la misma que antes había asumido con resignación, se hicieron aberrantes.

Simulé dormir para ocultar el malestar, mientras seguía percibiendo, con la nitidez de una revelación, el agujero que había dejado el manotazo violento del tiempo. Se había tragado de un bocado aquellos días felices, saturados de ilusiones, incendiados por la luz de un porvenir posible. Solo seis años me separaban de aquel verano, pero se había abierto un pozo de desencanto y realidad tan profundo que no logré reconocerme si no como habitante de un sueño, o como protagonista de otra vida después de la muerte. ¡Eso era! lo entendí al fin: la muerte había llegado, pero me había esquivado. Todo había concluido en aquel agosto. Ya no estabas, no te vería esta noche en casa. Me había quedado solo y extraviado en este país, sin el recuerdo del dolor, como si algún mecanismo de defensa brutal me lo hubiera arrancado de raíz. Mi vida se había estirado como la sombra de una presencia espectral e inútil.

Nadie llegó a conocernos lo suficiente para recordarme tu ausencia. Tus objetos personales se perderían en medio del desbarajuste del desalojo de un inmueble abandonado. Vivíamos en un antiguo apartamento de una ciudad anodina y oscura. Tú aún no tenías trabajo, ni siquiera eras una ciudadana legal. Me esperabas cada noche en casa para restregar nuestras soledades. Éramos anónimos y casi insubstanciales. Lo había olvidado hasta esta tarde, hasta que esta carretera se confabulara en un azar cósmico con las mismas montañas testimoniales de entonces, con la esencia del tiempo atascado en las ruinas de piedras eternas, y se abriera un atajo hacia el pasado.

Abrí los ojos, como en el último reflejo esclarecedor del herido al que le dan la estocada definitiva. Lo vi todo, reviví la confusión de la carretera: relámpagos y cascadas de agua sobre las lunetas que nuestra respiración nerviosa empañan sin remedio. El sistema de ventilación obstruido, no me ayuda a distinguir dos líneas blancas seguidas en la calzada. Pretendo apartarme al arcén por precaución, cuando una fuerza terrible, con bufido de ogro, nos propulsa como a una hoja seca arrastrada por un rio turbulento. No quiero describir el terror incendiado en nuestros ojos al ser impelidos a la caída, a pesar de los chillidos de los neumáticos, como garras de fiera aferrándose a la vida.

El intervalo de la caída está en blanco. Después reaparezco solo, deambulo bajo la tormenta en medio del monte. Roto y perdido, busco entre la maraña rastros de tu cuerpo.

Una vez asumida la realidad, era cuestión de esperar. Unos kilómetros, o tal vez solo unos metros. Era fácil distinguir el gris opaco y las líneas angulosas de una carrocería obsoleta que se destaca de las formas redondeadas y femeninas de los nuevos modelos. Además, una especie de condensación de la nostalgia, a medida que se aproxima nuestro reencuentro, es la señal inequívoca; lentamente va adquiriendo una localización física y a la vez incierta, como un dolor. Me encontraba al borde del quebrantamiento, cuando veo aparecer el Volkswagen tras una curva, en dirección contraria a la mía, rumbo al mar anhelado del verano. Vienes ocupada, como ahora, en cambiar la emisora. Conduzco con los brazos tensos sobre el volante, atento a la carretera desconocida, inquieto por las nubes sombrías que enlutan la tarde. De repente levantas la mirada y me reconoces. Tu sonrisa me libera del miedo y de mi carga. Los dos vehículos se cruzan, y con ellos, las líneas divergentes se tocan unos instantes.

En el aire se produce un espasmo prodigioso de luz, y el tiempo se detiene. Me quedo alelado mirándonos en el retrovisor y pierdo unos segundos. Nos estamos separando, pero reacciono como un felino, asesto un golpe contundente en la nuca del conductor, y el tiempo vuelve a ponerse en marcha. Su cabeza se desmadeja contra la ventana. Me apodero del volante, con las dos manos, y le doy un giro completo. La exagerada velocidad que lleva el vehículo impone su inercia fulminante y le hace derrapar con furia. Da dos vueltas sobre sí mismo, salta sobre los hierros protectores, y es engullido por el abismo.

Los últimos fulgores de conciencia me llegan vehementes, pero sin dolor. Viajo en un habitáculo sacudido por un terremoto. Dos cuerpos se estrellan repetidamente contra el mío, y en cada colisión siento cosas solidas que se me hacen blandas por dentro. En algún momento atravieso una explosión de vidrios y metales, y aterrizo sobre una superficie espinosa de hojas y ramas. El coche es un revoltijo que continúa dando vueltas hasta acallarse en un chasquido seco, en el fondo de la hondonada. El silencio de la montaña vuelve a ocupar su sitio, indiferente a la vida, y a la muerte. En la quietud, advierto el rumor de una corriente líquida palpitando en mis oídos; puede ser un riachuelo entre la arboleda, o sangre que mana de mi cabeza. No puedo moverme. La percepción de mi cuerpo es como un ejército de hormigas que marcha sobre mí, o como arena caliente que alguien esparce sobre mi piel desnuda. Mis ojos, abiertos, parecen enfocados por una luz intermitente que acaba apagándose de golpe. Me siento liviano, como cuando soñaba que pisaba la tierra natal, y podía arrojar lejos la pesada coraza con la que sobrevive un extranjero. Abandono mi cuerpo desgarrado sobre un manto de helechos y subo sin ninguna dificultad por las rocas de la colina. Arriba, el asfalto sediento se bebe las primeras gotas de la tormenta. Hay un trasegar de salvamento. Un policía, ahuyenta a gritos a los curiosos que se asoman al precipicio y entorpecen el movimiento de los sanitarios. Otro hace culebrear el tráfico dibujando un arco imaginario de seguridad, mientras los bomberos preparan el equipo de descenso. Atravieso el tumulto como la sombra que debí ser. Noto que algunos sienten un repentino estremecimiento de frío cuando les rozo, pero nadie se percata de mi presencia. Camino hacia la fila de coches que se ha formado en la carretera. Esta avanza un poco, y se vuelve a detener unos metros adelante. Se asoman cabezas que intentan mirar algo por encima de la confusión. Empiezo a correr bajo la lluvia, antes que la cola se ponga en marcha definitivamente. Alcanzo a pasar veinte o treinta vehículos atascados hasta que distingo el Volkswagen del 85, pequeño y altivo, entre un camión refrigerado y un Peugeot blanco. Indiferente al espectáculo, estás cambiando de nuevo la emisora.

Que pesadilla, cuantos años he vivido seccionado, nunca más me alejaré de ti, amor. Seguiremos, atrapados los dos en este verano eterno. Nunca más solos. Te prometo que algún día llegaremos al mar.

- ¿Me has dicho algo?
- No, nada.
- ¿Qué habrá pasado?
- Un accidente, seguro. Por culpa de la lluvia
- Que raro, me parece que este momento ya lo había vivido ¿Habrá muertos?
- Eso parece.

Antes de arrancar, echo una última mirada a las montañas. Alcanzo a ver el resplandor de lumbres en las casas circulares. Deshilachadas espirales de humo ascienden hacia las nubes mortecinas. Las primeras hordas de vacceos suben las colinas en busca del hogar, en busca del refugio ante el inquietante advenimiento de la noche.

FIN

buenisimo, me ha encantado su lectura, gracias

Me gustan las palabras, las descripciones, las situaciones, la perfecta gramática y puntuación; sin embargo sé que algo muy importante se me escapa porque no llego a comprender el cuento. Discúlpame:(

MANOLYN: OkiDoki: te saluda una colega y te admiro!!!

No tengo nada que disculparte. Siempre he tenido cierto reparo por esta narración, nunca pude dotarlo de mayor claridad argumental. Hay algo por ahí que también se me escapa, y tu me lo has confirmado, gracias por tu valiosa opinión.

Contertulio. Me parece un lindo cuento, te felicito. Dos sugerencias, si me permites: 1) no te enamores de las palabras, trata de resumir. Es la parte difícil del autor. Trata, solo trata. y 2), creo que la palabra no es "emanar, si no "manar", consulta. La ambivalencia entre lo que sueñas, piensas y la realidad, está muy bien.

Estas son las apreciaciones que nos ayudan a crecer. Gracias compañero. Tienes mucha razón, es difícil no engolosinarse con las palabras, y yo peco mucho de eso. Lo tendré muy, muy en cuenta. Y lo de "emanar", por supuesto. lo corregiré ahora mismo. Gracias

[color=#0000ff][size=4][i]En la mañana ví tu cuento, por fortuna su extensión me obligo a dejarlo para la hora propicia " cuando solo escucho mis pensamientos", lo he disfrutado y te lo agradezco desde el fondo de mi alma, apareciste en uno de esos momentos en que andaba en busca de un para qué? La vida se compone de instantes que estamos obligados a atrapar por efímeros. Describir paisajes es una formula que a muchos les funciona pero combinar las angustias con el entorno es bien complicado de realizar, deguste cada simbolismo y más el paso entre la realidad, el sueño y la nueva realidad. Gracias nuevamente te leo con emoción.[/i][/size][/color]

Alexdz74, simplemente muy buen tema y bien tramado.Saludos:AMAR.