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CARTAS A CASANDRA XXIII

Cartas desde el paraíso (5)

AGRADECIDO

Casandra, Casandra, (mi Casandra), sí, ciertamente desahogo mis ansias en tu sentir como en un ánfora de incienso sanador, quizás abuso de tu Amar en secreto, pero en ti al fin he encontrado esa liberación que necesitaba desde hace años para derramara el obsceno contenido que acumulaban mis cloacas. Eras tú la elegida, la ungida, la que venía a darme la comprensión y la complicidad como un divinidad de Amara y Ternura. Así lo sentí y así lo creí. Tú eras la esperada que limpiaría mis culpas sin castigos si no con la infinita dulzura de tu indulgencia. También yo te amé en silencio, desde lejos, sin atreverme a acercarme a ti con mis pecados y perversiones, no me sentía digno de tu Amar puro y cristalino, no quería contaminar tu vivir aunque en mi alma burbujearan las sucias aguas de mis “sentires especiales”. Por eso nunca te enamoré, porque te respeto como persona, porque conozco tu principios morales, la rectitud de tu vivir, y creía que nunca aceptarías esas oscuras ansias que me habitan. Y sobretodo porque me sentía en ti y te sentía en mí, porque el Amar florecía entre nosotros sin necesidad de expresarlo, ambos lo sentíamos con toda la intensidad posible. Por eso mi alegría y tranquilidad cuando tú me hostigaste deliciosamente, lentamente, abriendo los arcones de mis instintos, dulcemente y apasionadamente a la vez, con la llave maravillosa del infinito Amar. Y pude sentirme liberado, y sentir el Amar más allá de los obscenos deseos, y entregarme a ti con toda mi soledad contenida por años. No eres culpable de nada, entre tu y yo no pueden haber fracasos ni derrotas, solo tristeza por las ausencias. También tú vivirás en mí alma y mi cuerpo como un hermoso espejismo que un día poseí. Deberé otra vez encerrarme en mi mismo como un caracol enmudecido y desesperado, o seguir buscando un alguien que ya encontré y perdí.
Valmont, tuyo en la distancia y tu silencio.