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CARTAS A CASANDRA XI

Cartas desde mi infierno (11)

[i]“El hombre griego veía en el pene la medida de aproximación al poder divino”. Historia cultural del pene, David Friedman.[/i]

Temo que te estoy abrumando de mí, que anego tu sentir al develar mis “sentires especiales”, que inundo tu Amar con estos misteriosos requiebros de macho-hembra, que estoy caminado por el borde del abismo de tu desagrado, pero amada mía, en quien si no tú podría derramar esta lava que quema mi alma y mi cuerpo, y acceder a tu infinita comprensión y aceptación de lo que soy y vivo. Entiendo que muchos, o todo quizás, de lo que te he escrito en estas cartas va a contrapelo de tus ideas y de tu visión del ser humano, que urjo tu benevolencia con los apremios de un fauno solitario, que mis desgarros también hieren tus sentidos, pero quiero que sepas que todo esto me está llevando a una liberación maravillosa, poder mostrarme ante ti así, desnudo, abierto, a la luz, y voy sintiendo tu presencia como un ungüento sanador, como un bálsamo de dulce ternura que va curando mis heridas, cubriendo mis vergüenzas. El ir enviándote estas misivas ha sido maravilloso, te he escrito con vehemencia, con urgencia como si fueras a partir en un viaje sin mí, y he sentido tu cercanía y tu presencia como nunca antes, mientras escribo te presiento leyéndome por detrás de mi, siento tus palomas rozando mi espalda, tu perfume me envuelve en un vaho amoroso, tu pelo cosquillea en mi mejilla, y es como si de pronto me diera vuelta y pudiera besarte, así de cerca has estado durante estas confesiones. Amada, no quiero que te fuerces o te obligues a contestarme estas cartas, me basta con saber que me lees con los ojos de nuestro Amar, que me vas comprendiendo poco a poco, que me vas asumiendo como un vagabundo que iluminado ahora por tu Amar vaga por los escabrosos senderos de su vivir secreto, y también camina con confianza entre las sombras por el borde del abismo porque sabe de tu amorosa complicidad. No te arrastraré a este mundo mío de depravación, de inmoralidad, de vicio y de exceso, ni contaminaré mis palabras con sucias imágenes, pero amparado en tu infinito Amar seguiré redactando las visiones de mi infierno, aunque no me leas (quizás sea mejor para ti y para mí que no me leas), aunque borres cada carta antes siquiera de abrirla, aunque nunca las comentes o respondas, porque escribirte me libera, me calma y me hace sentir menos solo en este pequeño infierno personal, y sobre todo porque sé que nadie más que tú puede acceder a este secreto, te lo has ganado con tu Amar y además porque ya no quiero buscar en otras complicidades porque no puedo serte infiel, aunque sea para escapar de estas repugnantes cloacas de mis “sentires especiales”.
Tu Vizconde, avergonzado